Este domingo 8 de marzo el país tiene la primera de las tres elecciones que se llevaran a cabo en 2026. Para muchos es la menos importante y mediática, pero en realidad elegir a los representantes encargados de crear las leyes que impactan nuestra vida diaria, y que, además, van a hacer un contrapeso al ejecutivo, es una labor que debería llevarnos a todos a salir a las urnas y eso es lo que no quieren las elites.
El proyecto político del progresismo, que se ha desarrollado los últimos tres años bajo el liderazgo del presidente Gustavo Petro, ha traído muchos cuestionamientos a sus electores. La pregunta común en los medios de comunicación siempre fue, “¿por qué se arrepintió de votar por Petro?”, pero pocos se dedicaron a mostrar la cara de los ciudadanos olvidados por más de 30 años que vieron un avance en la dignificación de sus derechos: los estudiantes, los trabajadores, los adultos mayores, los soldados, los campesinos y muchos más. Desde la elite, durante los últimos cuatro años, se nos ha cuestionado nuestro voto y han buscado corregirnos para que en el 2026 “votemos bien”.
Desde el frente nacional Colombia dejó de salir masivamente a las urnas, los ciudadanos se dieron cuenta que votaran por el que votaran, la elite iba a gobernar Colombia, representado en el Partido Liberal y el Partido Conservador. La abstención se produjo gradualmente, hasta llegar al siglo XXI, donde el 50 % de los colombianos vota en las elecciones, y al otro 50% no le interesa, posiblemente, albergando el mismo argumento: mi voto no importa, siempre llegan los mismos.

Esta apatía justificada ha sido aprovechada por las elites regionales para armar su maquinaria política en pro de un solo fin, ganar una curul al congreso, con el fin de influir en las decisiones que tome el gobierno de turno y ganar puestos burocráticos, o que una multinacional financie su campaña para realizar proyectos de ley que los beneficien, en simples palabras, buscan el mejor postor para venderse y aprovechar los cuatro años que están en el congreso. Si ese individuo no tiene investigaciones, busca reelegirse a como dé lugar, pero si ya está muy cuestionado su cargo, la elite busca reelegirse en cuerpo ajeno, con el mismo fin y la misma dinámica.
Las elecciones legislativas se han convertido en un mercado de las pulgas, donde los ciudadanos buscan la mejor oferta, alguien que ayude a su familiar, que les dé un contrato o simplemente que les brinde una comida y el dinero equivalente a un día de trabajo; el número de votos conseguidos determina el beneficio que se va a obtener. Por su parte, los políticos buscan liderazgos barriales que puedan conseguir de a 100 o 150 votos, confirmados, con cedula y puesto de votación, y si es necesario un bus y un refrigerio, se autoriza y se presta, lo que importa es que el puesto en el senado o la cámara de representantes no se pierda, sin importar el dinero que deban gastar, pues saben que lo van a recuperar una vez estén en el congreso.

Por eso, aunque el voto parezca ser una herramienta inútil en una democracia representativa, si puede frenar a las elites regionales que siempre buscan lo mismo y permite que lleguen al congreso candidatos que hagan leyes para beneficiar a alguna parte de la población, que sean un control político del ejecutivo y pongan en la agenda temas que afectan día a día a los colombianos.
La invitación es sencilla, salgamos a votar masivamente por los candidatos y candidatas que están validando sus candidaturas a través de argumentos de fondo para el país, pero que, además, buscan continuar con las reformas sociales que muchos ciudadanos esperan desde tiempo atrás, y no por discursos vacíos que no dicen nada. Y es a esas estructuras políticas las que le sirve que usted no vote el próximo domingo, 8 de marzo.

