Con una programación desafiante y diversa, Rock al Parque 2025 se consolidó como una experiencia transformadora que demostró que el rock, en todas sus mutaciones, sigue siendo un espejo político, poético y social, y reafirma a Bogotá como una capital cultural vibrante, plural y en constante evolución, luego de reunir a más de 253 mil personas en el Parque Simón Bolívar durante tres días.
Donde más de 350 músicos y 56 agrupaciones nacionales e internacionales ofrecieron al público una radiografía vibrante del presente, el pasado y el porvenir del rock, reafirmando su lugar como uno de los festivales más grandes de América Latina, respecto a este género.
Pasando por propuestas legendarias como La Derecha —una de las bandas fundadoras del festival en 1995— hasta potentes debuts internacionales como Black Pantera de Brasil, el evento se convirtió en un crisol sonoro que cruzó fronteras, géneros e idiomas.
Una de las joyas más comentadas fue BUHA 2030, banda de raíz andina y espíritu futurista, nacida entre Pasto y Bogotá. Su sonido es un laboratorio vivo que funde jazz, rock progresivo, spoken word, folklore y experimentación electrónica. En tarima, flautas y clarinetes dialogaron con sintetizadores y bajos distorsionados en un acto de rebeldía sónica y política.

Su tema “Dolor internacional” resonó como un grito colectivo en medio del asfalto capitalino. Como lo expresó su vocalista durante la rueda de prensa: “Improvisar también es escuchar, no solo decir cosas”. En su propuesta, la creación es comunal, orgánica, sin partitura ni reglas de academia. BUHA 2030 no solo rompe estructuras musicales: dinamita también las estéticas hegemónicas del rock.
Rock al Parque también se consolidó como una plataforma de expresión para la diversidad en todas sus formas. La participación de agrupaciones como Bala, The Monic, Sin puedo y Polikarpa y sus Viciosas visibilizó con fuerza la presencia femenina en una escena históricamente masculinizada. Artistas queer, no binaries y de disidencias sexuales llevaron sus narrativas al centro del escenario, demostrando que la lucha por la identidad también se canta.


Según datos de Idartes, el 96,55 % de los asistentes aseguró sentirse libre de expresarse sin temor en el festival, mientras que el 94,8 % lo reconoce como un símbolo de identidad bogotana. En una época marcada por polarizaciones culturales, Rock al Parque encarna la posibilidad de coexistir desde la diferencia.
Uno de los logros más invisibles pero fundamentales fue la integración transversal de acciones educativas y ambientales. Desde el stand de Libro al Viento, que distribuyó más de 2.300 ejemplares gratuitos, hasta los talleres de movilidad urbana del BiciLab y las campañas de concientización lideradas por EcoFestivales, el evento fue también una clase abierta sobre ciudadanía, cultura y sostenibilidad.


Gracias a 30 promotores ambientales, se logró aprovechar más de cuatro toneladas de residuos. Además, con el apoyo del British Council, se implementaron herramientas para medir y reducir la huella de carbono del festival. En tiempos de emergencia climática, esta apuesta demuestra que el arte puede (y debe) ser parte de la solución.
Más allá de los escenarios, Rock al Parque también movió la economía. Se estima que los asistentes gastaron más de 19 mil millones de pesos en transporte, comida y comercio local, dinamizando industrias como la gastronomía alternativa, la moda urbana y el emprendimiento musical. Un dato clave: el 25 % de los asistentes llegó desde otras ciudades y países, con Perú y México como principales focos de turismo cultural.
Además, gracias a las alianzas entre Idartes y agentes internacionales, bandas emergentes fueron conectadas con festivales como Vive Latino (México), Womad (Chile), Adictes Fest (España) y Fiura (Cali), abriendo puertas para que el talento local circule por nuevas geografías.

Algunos recuerdos que nos dejó Rock al Parque 2025

























